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Copos de nieve

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copos de nievePronto comenzará a caer la nieve, lo sé, por alguna razón, siempre lo sé. Las nubes se apartaron, la luz de la luna un muy breve instante; enmarco más la terrible imagen de esta sala, en este castillo.
Pronto la obscuridad cubre todo bajo su manto una vez más, e imágenes de oscuros miedos infantiles recorren mi mente, mientras el reloj continua con su marcha tortuosa, en la que cada segundo el rose de los engrane marca pauta, y el tiempo vuelve a fluir.
Un miedo irracional, de que un monstruo saltara de las sombras y me llevara, me toma por sorpresa. Me hinco en el suelo buscando desesperadamente la vela. La encuentro, tomo una cerilla, y con prisa enciendo la vela. Escucho el avance del reloj y volteo esperando ver una pesadilla; no veo nada; caigo rendido de rodillas y pienso que he sido un idiota. Recordé la fecha un momento.
-25 de diciembre- masculle intentando recordar el significado de esa fecha.
Pronto mire al cadáver de mi padre en el suelo, y como aun el vital líquido mancha con su color vivo el azulejo fino; miro aun como sigue fluyendo hasta chocar con la pared. Y de forma más morbosa el cuchillo ahora inerte en el suelo; todo bajo la luz efímera de la vela
-Era el o yo-, me repito, como si las palabras de arrepentimiento tuvieran la capacidad de expiar el alma de sus pecados y cambiaran lo sucedido. Las sigo repitiendo una y otra vez, y trastornan mi alma, pero inexplicablemente aplacan el espíritu; como un rayo, recuerdo nuevamente la fecha.
-¡25 de diciembre!- exclamo sin entender que ha pasado.
La luz de la luna vuelve a iluminar la estancia, pero se ve entorpecida por una monstruosa sombra. ¡Oh!, mi corazón se detiene un momento. Volteo con rapidez a la ventana esperando la imagen del verdugo, mandado a castigar quien mancho esta fecha.
Para mi alivio, solo veo una lechuza inusualmente enorme, posada en la cornisa que adorna la ventana por fuera. Con sus ojos grandes y negros, inexpresivos, con los que me mira tal vez ¿examinándome?
Canta por un instante, menos de un segundo, tal vez un minuto. Sorpresivamente la ventana se abre por un viento venido de la nada que recorre todo con su fría esencia. La enorme lechuza entra acompañándolo, vuela por encima de la habitación y canta de forma infernal, regresa a la ventana abierta y desde ese punto canta de nuevo. Su canto da paso a una carcajada, inhumana, cruel, infernal.
-¡¿Eres acaso mi verdugo?, ¿Mi juez? ¿Eres el enviado del divino juzgado?!- grito con toda mi alma.
La lechuza calla, me mira, y burlándose de mí, canta alegremente, -tan alegre como puede cantar una lechuza-. Y de pronto se ha detenido.
-! Fue en defensa propia ¡- exclamo, pero mi voz miente de alguna forma, sabe la verdad. No, eso es imposible.
-¿Por qué? ¿A caso no hay otros que han cometido genocidios? ¿Solo yo soy juzgado por manchar una fecha?-
La lechuza canta. La furia me ciega, me arrojo contra ella.
Me veo a mi mismo cuando niño, me veo jurando que sería bueno ante mi madre agonizante en su lecho, recuerdo que también sentía que la nieve estaba a punto de caer, y súbitamente recuerdo la fecha.
Sujeto a la lechuza fuertemente, y por un momento, siento sus plumas suaves y frías. Me extraña que no luche, que no se defienda. Me doy cuenta de la lechuza, es ligera, y mucho, tanto, es como si… no existiera.
Lo entiendo, ya es tarde, puedo escuchar que el reloj da una última campanada. Yo caigo al vacío junto con los primeros copos de nieve del 25 de Diciembre.

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